LA REALIDAD COMO CONSTRUCTO DESDE LO PERSONAL HACIA LO COLECTIVO Y VISCEVERSA 

 

La manera en que el ser humano asimila el mundo, a través de experiencias –sensaciones o ideas- es una construcción diaria en la que interviene cada segundo. Como individuo inscrito en una sociedad, y por tanto encaminado hacia un ideal colectivo de ser, se actúa, dialoga y presenta conforme esa noción de lo “correcto” llega a la razón.

Por un lado, como cimentación, se encuentra la actividad cerebral que -desde que nacemos- ocurre en cada uno de nosotros. Reflejo, aprehensión, reacción, mimesis, procesos inconscientes que vamos incorporando a la recepción de nuestro alrededor. Por otro lado, el cambio invisible que se da cuando crecemos se manifiesta a través de la comprensión, reflexión y expresión de la información que nos llega y que, ya a veces conscientemente, debatimos frente a nuestro grupo social.

Así, a través de estos procesos es como se llega a fundamentar nociones del mundo que se nos presenta, en diferentes aspectos: el espacio, el sujeto, el objeto. Además en este punto ya es clara la ubicación que se posee frente al mundo. Un lugar de origen, una comunidad, una actividad, unos intereses particulares. Me interesa tratar el tema de la construcción de realidad a partir de imaginarios colectivos.

Habitar, para mí, es interactuar con el espacio. Cuando pienso cómo habito un espacio que no ha sido habitado me imagino a mí haciendo las cosas que normalmente haría en mi casa, en mi habitación y, aún así, no logro estar de acuerdo con ello. Siento que no es la manera correcta de habitar ese espacio, por el simple hecho de que es distinto. Está distribuido, iluminado, organizado, estructurado, pensado de otra manera, para otro uso. Así que determiné que lo único que queda para saber cómo habitar un espacio es estando en él, permitiendo que el tiempo, el clima, la luz, la materia, el cuerpo, la mente genere situaciones que demanden una reacción del sujeto frente al objeto. Pero ¿cómo sucede algo entre un espacio y una persona?

Retomando las construcciones neuronales que van formando un gran tablero de imágenes, palabras, recuerdos, números… en nuestro cerebro, sugiero la relación entre ese imaginario intangible que existe en la memoria –un híbrido entre la razón y la emoción- con el mundo tangible, ese por medio del cual puedo escribir estas palabras a través de un teclado de plástico que lleva una señal hacia un ordenador que percibo con mis ojos, todo tangible, tocable, matérico.

Allí, en el punto álgido de esa correspondencia, se generan modos de comprender el espacio en que estamos puestos. Con el uso de la mente y los objetos se plantean conexiones que nos permiten traducir algo tan etéreo como una idea a un texto. Así, nos aseguramos de ser entendidos por cierto grupo de personas, nos confiamos de entrar en un nivel social y de identificarnos a través del uso de palabras que conocemos de algún lugar muy específico.

Entonces, sumado a la concordancia entre la razón y la materia, aparecen las relaciones sociales. Cada persona es un ser social, así que es muy fácil establecer una dialéctica entre dos seres humanos. Esto también lleva a una conducta dentro de un espacio. Es cierto que el comportamiento humano es impredecible en muchos casos, sin embargo, hay situaciones en las que una gran mayoría de personas tiende a clasificar, casi a modo de predicción, la posible reacción de cierta persona ante determinada situación.

Lo anterior, debido a construcciones individuales a partir de lo colectivo -por ejemplo, un comercial anuncia la muerte de un cantante famoso, en seguida la reacción (detrás de la pantalla) de tristeza de sus fanáticos quienes lloran irremediablemente. Al final se muestra un paquete de pañitos para cargar en el bolsillo, en caso de que se presente una situación como ésta afirmando que el producto hará más liviana la carga-. De esta manera, quien haya visto un comercial así, fácilmente creería que la muerte debe ser causal de tristeza. Mundo occidental. Y es totalmente comprensible, pues nos pasa todo el tiempo, la televisión, la radio, el periódico, las mismas personas con sus diálogos nos lo hacen todo el tiempo y no nos damos cuenta, o a veces sí.

En ese mismo sentido, podría hablarse de la relación que llevamos a diario con los objetos. Nos podríamos denominar sujetos estrictamente sociales –respecto a un “yo” que se enfrenta a “otro” ser humano- pero dentro de lo social cabe eso que establecemos con las cosas. Un amuleto, un llavero, una prenda de vestir, un billete… todo es susceptible a estar relacionado con un ser humano, ya sea por cercanía, o por pertenencia, o por casualidad. De igual manera, hay objetos que, sea que los poseamos o no, generan una identidad –a veces individual, a veces colectiva. Los medios masivos, aquí, toman un lugar muy importante en cuanto a cómo se piensa y reflexiona el mundo, no como globo terráqueo, sino como “el afuera”.

Entendiendo ese lugar de enunciación, como edificación que surge a partir de procesos inconscientes que con el tiempo van tomando un carácter decisivo, se puede ya hablar de la inmersión inevitable que tiene en una sociedad, la cual lleva procesos colectivos que con el tiempo van tomando un carácter histórico. Los imaginarios que surgen de las dos caras de la moneda se conjugan a través de canales de comunicación, ya sean orales o escritos, o incluso al día de hoy podemos hablar de los transmediales. Todos estos ítems, cruzados, yuxtapuestos, atravesados, paralelos, permean cada día en la historia, en la geografía.

 

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